Las colas del hambre en España

Un año después de que la pandemia azotara a España, el reparto solidario de alimentos continúa siendo una realidad en el país, debido a las necesidades impostergables de los trabajadores de los sectores más afectados por la crisis económica que siguió al coronavirus.

Los coletazos de la imprevista crisis sanitaria no se han limitado a una carrera científica y tecnológica para conseguir las vacunas de un virus desconocido que parecería que empieza a encarrilarse y a mostrar cara de “nueva normalidad”.

El reverso es que los pobres son más pobres todavía y que quienes conseguían llevar un día a día hoy tienen “hambre”.

Colas del hambre en España

Imposible no referirse a lo que la prensa española llama como las colas del hambre sin mostrar el rostro y los testimonios de la gente de carne y hueso.

Como el caso de Rita Carrasco, quien se acerca diariamente a engrosar esa masa de personas que necesita alimentos porque perdió su trabajo.

Rita es mexicana y profesora de teatro y se confiesa avergonzada: quedó en el paro cuando comenzó el estricto bloqueo de España en marzo de 2020.

Desde entonces no ha podido encontrar trabajo y ha agotado todos sus ahorros.

Durante el último año, la demanda de alimentos se ha disparado en España, especialmente entre los empleados de los sectores más afectados por la crisis económica resultante.

Los voluntarios de parroquias, asociaciones vecinales o clubes reparten frutas, verduras, cereales, pastas, huevos, leche a una masa de personas silenciosas y avergonzadas que no afloja.

«Escudo social» y recuperación

Pese a que el gobierno de Pedro Sánchez Castejón liberó partidas por hasta 40.000 millones de euros desde el inicio de la crisis para aplicar al ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo), la medida no ha sido suficiente, y ello sin contar los atrasos en la efectivización de los pagos.

Esto golpea fuertemente en los barrios con mayor pobreza de las grandes urbes donde hay un alto porcentaje de población inmigrante.

En las “colas del hambre” se pueden observar muchas mujeres de origen latinoamericano.

El “Escudo Social” diagramado por el gobierno quedó a la zaga del virulento repliegue social fruto del COVID-19.

Un claro ejemplo puede verse en la organización benéfica Álvaro del Portillo que tiene su sede en Madrid.

Antes de la pandemia la obra social tenía un solo comedor donde atendía novecientas personas.

A través de la profundización de la pandemia de coronavirus, debieron abrir cuatro comedores, donde atienden 2.000 personas

Tal fue el caso de Reina Chambi, una cuidadora de ancianos de 39 años cuyo esposo trabajaba en un hotel.

Cuando golpeó la pandemia, ambos se quedaron sin trabajo.

Mi esposo dejó de trabajar por completo y tardaron mucho en hacer el pago de la licencia, así que tuvimos que acudir a la iglesia en busca de ayuda”.

Dice la madre de dos niños que espera afuera de un comedor de beneficencia en el distrito de Vallecas.

Porque no solo quedó a la intemperie el trabajador informal, sino también gran cantidad de empleados formales.

Recuperación económica

Las personas que se dedican a servicios han quedado en el paro de un minuto a otro: empleadas de limpieza doméstica o de comercio, acompañantes terapéuticos, de ancianos o niños, albañiles, artesanos.

Sin la paga diaria de las horas de trabajo habituales, muchas personas han debido acercarse a los comedores populares para conseguir alimentos, porque la opción, literalmente, era morir de hambre.

Y no se trata del mendigo habitual, del marginal, del okupa, sino familias enteras y de mano de obra activa que se transformó en invisible.

Sin lugar a duda, la recuperación económica del país entero depende de poner en funcionamiento nuevamente la maquinaria laboral y desactivar esta necesidad urgente de llevar un plato de comida a la mesa.

Datos procedentes del Programa de Ayuda Alimentaria del Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA), dependiente del Ministerio de Agricultura, ponen en número la dura realidad.

La pandemia de COVID 19 puso a un millón y medio de familias a nutrir las silenciosas y vergonzantes colas del hambre para conseguir algo que llene la nevera mientras se administran los pocos euros que ingresan, los cuales generalmente van a parar a la cuota del alquiler. 

Tan solo en Madrid, 100.000 personas reciben algún tipo de ayuda alimentaria de las redes vecinales desde el inicio de la pandemia.

Y esas colas se ven a la luz del día, imposible ocultarlas.

España es el quinto país con mayor tasa de pobreza extrema de la Comunidad Europea según el último estudio de la Red Europea contra la Pobreza (EAPN-ES) después de Rumania, Letonia, Bulgaria y Estonia.

Madrid es la ciudad española donde mayor porcentaje de pobreza acumulada hay, especialmente en los barrios del sur.

La pobreza del coronavirus

La pobreza del coronavirus

Muchos empezaron a ver el hambre y sus colas desde otro ángulo.

Es el caso de Natividad, que donaba su tiempo a las obras de caridad de la parroquia San Juan de Dios, en el barrio.

Desde ese lugar, ha repartido muchas veces comida a los necesitados. 

Natividad nunca había tenido el hambre como una posible opción para su propia vida.

Pero ahora es ella quien hace la fila para que le den alimentos para llevar al apartamento que comparte con sus dos hijos.

La mujer trabajaba en limpieza doméstica, y su ingreso era el único.

Al principio sus empleadores le pagaron el primer mes de ausencia forzosa.

Pero ya no más.

Y así, miles y miles de historias en las colas del hambre en España, que, mientras parte de la humanidad intenta retomar su nueva normalidad, esta otra parte sigue padeciendo en carne propia. 

Colas del hambre, ¿humillación y vergüenza?.

Lo describe de manera muy simple el escritor y periodista argentino en su libro El Hambre (2014, editorial Anagrama):

La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no solían pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querrían dar ahora no pueden. Pero algunos que no solían ayudar ahora lo intentan”.